miércoles, 14 de septiembre de 2011

¿Así nacemos o así nos hacemos?



Una dicotomía intrincada en la historia de la filosofía enfrenta a los defensores de la herencia con los del ambiente. Los racionalistas (Descartes...) versus los empiristas (Locke...) nos dejaron un legado extensísimo sobre razones a favor y en contra de una u otra postura.

Pero, como concluir en ciencia probablemente sea imposible, seguimos discutiendo el papel del ambiente y de los genes en nuestro comportamiento. La psicología, al ser una ciencia hija -como todas las ciencias- de la filosofía, hereda este debate. Sin embargo, en la actualidad, salvando contextos creacionistas (que niegan la teoría de la evolución humana y otorgan a la creación divina toda la responsabilidad de nuestra existencia y nuestro desarrollo), o entornos de profunda devoción religiosa por encima de la evidencia empírica, lo que se discute estrictamente es el peso de cada una de las dos partes del todo. Hoy se considera que los genes predisponen a ciertos rasgos de personalidad, carácter, incluso orientación sexual, ideología... y que el ambiente influye en el producto resultante. Por ejemplo, heredamos cierta predisposición a la esquizofrenia, pero desarrollar o no la enfermedad dependerá de los acontecimientos vitales y también de otros factores que pueden ocurrir aun durante el período embrionario. En cualquier caso, los estudios con gemelos (idénticos) que fueron separados al nacer y adoptados por familias diferentes apoyan a los investigadores en esta afirmación.

Asimismo los estudios contemporáneos sobre inteligencia humana ponen de manifiesto que habría al menos dos dimensiones diferenciadas: la inteligencia fluida -que depende de la herencia genética- y la cristalizada -modulada por el aprendizaje en general y la formación académica-.

De este modo, encontramos en la literatura científica todo tipo de ejemplos que llevan a la idea fundamental de que nacemos con una información genética relativamente fija -digo relativamente porque el ambiente puede modificar en cierto grado esta información- y que la expresión, la manifestación, de esta base genética depende de las circunstancias en las que se desarrolle la persona.

Yo encuentro especialmente interesante esta concepción, porque integra puntos de vista que como decía han vivido siglos enfrentados. Pero también porque abona el terreno para la investigación y la cooperación entre muy distintas disciplinas humanas: la biología, la medicina, la psicología, la educación, la sociología, la antropología, la historia, las ciencias políticas... Permite la coexistencia pacífica e incluso simbiótica, participativa y solidaria, entre saberes y oficios tradicionalmente lejanos, opuestos en ocasiones, que se complementan, se necesitan y se pueden nutrir entre sí.

Por tanto, a la eterna disyuntiva entre naturaleza y cultura podríamos responder que ambos conceptos forman parte del todo. Ahora bien, como las personas solemos buscar el origen de todas las cosas, y nos preguntamos qué fue primero: el huevo o la gallina, la respuesta la podemos encontrar en las teorías evolucionistas. Si el ser humano y otros animales a los que se les adjudica la capacidad de tener su propia cultura (por ejemplo, a los chimpancés) son el resultado de tantos y tantos años y años de evolución, está claro que la naturaleza está en el inicio y después llega la cultura. Hilando más fino: la cultura es un producto de algunos animales, especialmente del hombre, de modo que podría decirse que la cultura humana es parte de la naturaleza humana.

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