jueves, 27 de octubre de 2011

A quien no le siente mal hacerse mayor que tire la primera piedra



Con la edad adulta llegan unos cuantos desafíos en la vida que pueden afrontarse de mejor o peor manera en función de cómo sea la persona y cómo se sienta, así como dependiendo del apoyo familiar y social que tenga.

Hay quienes experimentan sentimientos negativos cuando se hacen mayores o cuando toman conciencia de haber iniciado otra etapa de la vida: la vejez. Las personas pasamos por distintas fases, que en la juventud y primera edad adulta se relacionan con la generatividad y productividad (estudios, profesiones, negocios, pareja, hijos...) y, a cierta edad, vemos como aquello que habíamos construido se desmorona o se aleja de nosotros (jubilación, traspasos, fallecimientos, hijos que se independizan...). En realidad, si se está de acuerdo con esta concepción del desarrollo, se tiene una visión pesimista e incluso obsoleta de dicho proceso. Cada vez somos más longevos y, por tanto, realizamos más actividades y nos desenvolvemos en diferentes ámbitos por más tiempo. Si bien a medida que pasan los años se pierden muchas cosas, y a personas, también se dan transformaciones que podrían enmarcarse como positivas y se producen importantes ganancias (un claro ejemplo es el aumento del tiempo libre -que bien empleado aporta grandes satisfacciones- y la proyección de la familia en forma de nueras, yernos, nietos, etc.).

Así, a las explicaciones clásicas del envejecimiento le han aparecido contra-propuestas que nos dan una bocanada de aire fresco y nos invitan a disfrutar del último tramo de nuestra existencia con gafas de color de rosa. En vez de hablar de envejecimiento podemos usar palabras como “crecimiento”, “desarrollo” o “evolución”. En lugar de referirnos a las pérdidas y al deterioro podemos enumerar “ganancias y pérdidas” y citar los “cambios evolutivos”.

Yo estoy de acuerdo con tener en cuenta otros aspectos de la senectud sin centrarnos únicamente en lo que va mal, o cada vez peor. Tampoco me parece muy realista caer en una falsa postura cien por cien positiva que no permita al anciano expresar su dolor y su malestar. Hay algo bueno en quejarse, porque no deja de ser adaptativo por desagradable que resulte para los demás. Si una persona padece de una enfermedad crónica o se siente sola, por citar posibilidades frecuentes en el contexto de la gente mayor, tiene lógica que eso no le guste y le provoque displacer. Se trata de una respuesta natural y normal al daño físico o psicológico que está sufriendo. Ahora, asimismo es adaptativo afrontar las vicisitudes de la vida y poder adaptarse con cierta soltura a esos cambios de escenario.

Cuando alguna persona mayor (ya sea paciente o participante de algún taller de memoria, por ejemplo) me habla de lo mal que lleva el hecho de envejecer, y me cuestiona de forma directa mi grado de comprensión de lo que está sintiendo -porque aún no he llegado a esa etapa de la vida-, yo le respondo que nadie se despierta un día y se mira de repente en el espejo y ve a un anciano. Sí ocurre que te levantas un domingo al mediodía, a los veintitantos, con acidez estomacal y dolor de cabeza debido a la resaca, y con un “mal cuerpo” que no se le suele desear a nadie, y te das cuenta de que ya no eres una adolescente y de que las consecuencias desagradables de una noche de fiesta son más acuciantes que antes. También te despiertas bien temprano un miércoles, y no has pegado ojo prácticamente en toda la noche, y te encuentras irascible y con “mal cuerpo” -¡otra vez!-, porque ya tienes treinta y tantos años y tomas conciencia de que no rindes igual en tus quehaceres diarios, tras una noche de insomnio, que cuando tenías veintialgo... Es decir, poco a poco vas dibujando un autoconcepto que te lleva desde el niño que algún día fuiste, niña en mi caso, hasta la persona adulta en la que te has convertido, y te vas convirtiendo, a medida que transcurren los días y las noches. Cada vez eres más mayor, y esa cana que te preocupó en cierto momento -y que te hizo fruncir el ceño, aunque sólo durante unos instantes ya que recordaste que habías leído en algún lugar que ese gesto facial podía incrementar las arrugas en el contorno de los ojos-, ha dado paso a un pelo grisáceo, menos abundante, que has teñido con ánimos de disimular lo mejor posible el paso del tiempo. 


Además, para que uno fuera capaz de ponerse completamente en la piel del otro y entender su pena con respecto al envejecimiento, deberíamos ser todos clones con un desarrollo casi idéntico y con la misma percepción de los cambios. Sin embargo, cada individuo envejece a su ritmo y con sus peculiaridades. Y la idea que tiene cada uno sobre deterioro o decadencia es muy relativa. Un caso extremo sería el del deportista de élite que tal vez sienta el apremio de hacerse mayor con más intensidad y temor que la mayoría de nosotros. En definitiva, las personas establecen las barreras que dan paso a las diferentes etapas del ciclo vital en edades y estados físicos y cognitivos muy diferentes. Hay quien cumple treinta y se viene abajo y hay quien cumple cuarenta y celebra sentirse jovial y tener tantos proyectos en mente y/o en marcha. Y no olvidemos a los que se quedan varados en la famosa “edad del pavo”.

Y en cuanto a la cuestión del afrontamiento de aquello que nos sucede, es posible adaptarse a los cambios y “reacomodar” ciertas creencias para seguir viviendo. Para no malvivir, sino para continuar levantándonos por la mañana con algo de energía e ilusión. Para no dejar pasar los días, sino para realmente vivirlos.

Un autor pionero en la corriente psicológica constructivista, Jean Piaget, dedicado a la psicología del desarrollo, en especial de las primeras etapas de la vida, propuso en su teoría cómo nos adaptamos los seres humanos a nuestro entorno. Primero, el individuo al percibir algo nuevo lo asimila. De modo que el fenómeno de asimilación tiene lugar en cualquier aprendizaje inicial. Luego, cuando la persona en respuesta a las demandas del medio tiene que reorganizar la manera en que clasifica las cosas, en que comprende el mundo, lo lleva a cabo mediante el fenómeno de acomodación. Así, gracias a estos dos mecanismos de adaptación (asimilación y acomodación) reestructuramos cognitivamente nuestro aprendizaje en el transcurso del desarrollo. Un tercer factor es la equilibración, un proceso que regula la relación entre asimilación y acomodación.

Sin ahondar en la teoría piagetiana ni en las de autores posteriores, podemos quedarnos con la idea de que para aprender y para estar en sintonía con lo que nos rodea es necesario asimilar los estímulos, todo lo que sucede y nos sucede, y acomodar, reacomodar si es preciso, las creencias, las concepciones que ya teníamos establecidas. Estos mecanismos son invariantes funcionales, es decir, que están presentes durante todo el ciclo vital. Sin embargo, la flexibilidad cognitiva puede reducirse; incluso, a medida que acumulamos experiencia paralelamente nos llenamos de prejuicios. Por ello, deberíamos combatir la rigidez mental y provocar a nuestro sistema de creencias para conseguir una mayor flexibilidad cognitiva. No deja de ser, además, una buena estrategia para la salud mental y también para el entrenamiento mental.


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