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Glosario: Trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo


La nueva edición del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales), en su quinta versión, rompe al fin barreras culturales y estereotipadas al excluir por ejemplo de su catálogo la transexualidad y la hipersexualidad, acercándose un poco más a la forma de entender el mundo y las relaciones que los profesionales de la salud tenemos en la actualidad.

Sin embargo, el manual nunca está exento de polémica y en esta ocasión el "dedo en la llaga" podría ser el nuevo trastorno de psicopatología infantil, denominado trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo (cuyas siglas en inglés serían DMDD). El texto hace referencia a cuando los niños "exhiben episodios frecuentes de irritabilidad y arrebatos de conducta durante tres o más veces a la semana durante más de un año".

Los defensores, en líneas generales, abogan por una clasificación que ayude a reducir los falsos positivos en otras categorías diagnósticas como el trastorno bipolar del estado de ánimo. Ésta sin duda sería una buena razón para poseer más etiquetas diagnósticas.

Otros, los detractores, están preocupados por las consecuencias de este nuevo concepto, que podrían ser la carga psicológica que supone el diagnóstico y el abuso de medicación de niños con berrinches cuando, tal vez, habría que plantearse qué origina dichas rabietas, cuál es la reacción de los padres o cuidadores cuando suceden o previamente, qué preocupa al pequeño, etc. En ocasiones, por ejemplo, la carencia en los hábitos de sueño y alimentación pueden provocar ataques de llantos o conductas extremas en los niños que a simple vista no tienen sentido alguno. También las emociones, que se desprenden de la poca presencia de los padres, a menudo embriagan a los hijos de temores y exigencias. En definitiva, los berrinches constituyen, desde mi punto de vista, más un síntoma que un trastorno en sí. Un síntoma de que algo en la vida cotidiana de un niño no marcha según sus designios y que por tanto le provoca malestar. No siempre es malo y con esto no quiero decir que haya que sucumbir a todo lo que pidan los más pequeños de la casa, puesto que podrían incluso ponerse en peligro a sí mismos o llevarnos a situaciones desmesuradas. Pero sí que creo que hay que aprender a "escucharlos" mejor, a atender a sus necesidades, especialmente, y a sus deseos, cuando se pueda, porque al fin de cuentas, ¿qué resulta más caprichoso: negar a un niño lo que pide porque lo estamos educando, haciendo más caso a la forma que a la sustancia -pues quizá sea algo en lo que podríamos ceder sin problemas-, o bien que el chico pida cosas (objetos, acciones, caricias...) porque se le ocurre que puedan satisfacerle? ¿Acaso los adultos no somos caprichosos, o arbitrarios, en muchas circunstancias de la vida?

En cuanto a los berrinches, habría que tener en cuenta el malestar que están provocando en la dinámica familiar y lo recomendable sería buscar ayuda si la situación parece haberse "salido de madre". Sin embargo, hay una época en la vida de los niños, que comienza muy tempranamente, en la que las rabietas son una manera de expresarse y llamar la atención de los adultos, dado que aún no pueden hablar o, si lo hacen, el modo es muy precario y además no conocen con exactitud las emociones que están sintiendo (temor, cólera...) -por cierto, ¿los adultos identificamos las emociones correctamente y actuamos en consecuencia?-. Al rededor de los dos años, muchos investigadores de psicología infantil hablan de la "etapa de los berrinches", por lo que según parece no es algo que ocurra sólo en algunos hogares, sino que está expandido por los entornos familiares. Así, habría que ser muy cautos a la hora de diagnosticar este nuevo trastorno y sobre todo antes de prescribir medicación a un niño que se altera con facilidad y que cuesta calmarlo. Quien sea madre/padre, ya sabe a lo que me refiero, y seguramente vive o habrá vivido despliegues de pataletas y llanto excesivo que le antojaron pedir ayuda al vecino o dejar al hijo con algún abuelo... Pero todo pasa, y la situación vuelve a su cauce. Si alguien ya no sabe qué hacer, que lo consulte con un profesional, preferiblemente psicólogo infantil, y explique lo que sucede en casa sin dramatizar y sin prejuicios. Y que busque la manera de mejorar el ambiente mediante cambios de actitud y de conducta, por parte de los padres en un inicio, para elicitar entonces un cambio en el niño. Yo no acudiría en primer lugar a la farmacología porque, aparte de los efectos secundarios, no deseables, no se estaría ahondando en los problemas de relación en el sistema familiar. Si el caso es grave, realmente grave, los profesionales trabajarán multidisciplinarmente y abordarán el problema con los conocimientos que posean.



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