martes, 12 de abril de 2016

Otras caras de la demencia

Los cambios de personalidad abruptos, el inicio de comportamientos extravagantes, la pérdida clara de memoria, incluso la depresión... son signos y síntomas de un deterioro cognitivo importante, significativo, propio de un proceso demencial o de un daño cerebral.

Una persona adulta, no necesariamente anciana, que de repente empieza a "hacer cosas raras" (responder de forma hostil o grosera, amenazar y posiblemente usar la violencia, acusar a familiares y conocidos de haberle robado o agredido, pasar largo rato sentada sin hacer nada en la más absoluta indiferencia, deambular, mirar con los ojos desorbitados y preguntar cuestiones evidentes -por estar desorientada-, sentirse especialmente triste...) probablemente tenga un daño cerebral acusado que le esté ocasionando una demencia. En ocasiones, este comportamiento puede deberse a un daño cerebral causado por un accidente vascular, un traumatismo craneal, una infección como por ejemplo un virus herpético... Pero comúnmente se debe a que la persona está demostrando de lleno que lleva tiempo gestando una enfermedad demencial. Ya sea Alzheimer, Parkinson, por cuerpos de Lewy, etc.

Es conocida la relación entre falta de memoria y demencia, así que cuando encontramos a una persona que parece no recordar casi nada nuevo, no reconoce a la mayoría de las personas que debería reconocer, repite varias veces lo mismo sin ser consciente de que lo está repitiendo, concordamos que esa persona está demenciada. Vamos, que chochea... Aunque a alguna gente que los mayores chocheen le parece normal, así que, o bien chochear no es siempre sinónimo de deterioro cognitivo significativo, o bien hay cierta tendencia a enmascarar la demencia restando importancia a los síntomas y tranquilizándonos diciendo que tal o cual chochea en vez de afrontar el problema sin dilación.

En cualquier caso, el déficit mnésico nos conduce inevitablemente a pensar en Alzheimer y otros apellidos honoríficos del mundo de la neurología. Pero las demencias pueden debutar con otros síntomas más extravagantes, o más confusos, que al final conducen al mismo camino, a la Roma del desvarío.

Por ejemplo, podemos tener un familiar que de un día para otro "se vuelve loco" y amenaza a su mujer con ahorcarla, porque ha descubierto que le pone los cuernos con... quién sabe, quizá el vecino, o un sobrino..., o que echa a la mujer que lo cuida porque la acusa de haber robado ciertas insólitas pertenencias... El abanico de insensateces es muy amplio, si bien este tipo de delirios suele estar relacionado con el robo, el hurto, las infidelidades, los engaños en general.

Sobre el engaño, recuerdo que en la primera residencia geriátrica donde trabajé había una señora -cómo no, evidentemente no era la única- sin lugar a dudas demenciada. Creo que no poseía un estatus con nombre y apellido sobre su enfermedad, es decir, que no estaba diagnosticada correctamente y su ficha médica contenía unas líneas explicativas bajo la etiqueta de "demencia senil". El caso es que resultaba difícil aproximarse a ella sin recibir insultos y si estabas falta de reflejos algún manotazo. Fui advertida de ello, por lo que me acercaba a la señora manteniendo cierta distancia. Intenté hacerle unas preguntas para poder evaluar su estado cognitivo. Y ella me respondía casi todo con otras preguntas. Y entonces me inquirió: "¿Con quién vives?". Yo le respondí, alegremente: "Con mi marido" y volví a las preguntas pautadas. A aquella mujer se le desfiguró la cara, me soltó una serie de improperios que prefiero no repetir en este blog, y me acusó de mentirosa. Con mi inexperiencia como bagaje no daba crédito a ese giro tan despiadado en la conversación y quise reconducir la situación lo más rápido posible: "Claro que no la engaño, ¿por qué dice eso?, le he respondido con la verdad, ahora sigamos...". "Te crees que soy imbécil, eres una impostora. No llevas anillo y quieres que me crea que estás casada."

Tardé días en poder retomar la entrevista con la señora en cuestión, y en parte se debió a que poco a poco olvidó lo sucedido y una tarde se dirigió a mí como si yo fuera una persona completamente nueva. ¡Sin rencores!

Volviendo al hilo de lo extravagante, las alucinaciones pueden asimismo ser las protagonistas de este desparpajo. Así podemos encontrarnos a la familiar que cree que está acompañada cuando claramente no lo está -entendiendo que no creemos en la existencia de fantasmas-, o la que dice que ha pasado la noche con cuatro bomberos los cuales se han quedado a dormir en su cama. Lo de los bomberos me lo he inventado, pero lo de que eran cuatro tíos metidos en su cama sí que me lo dijo una paciente -que por cierto antes de padecer demencia era muy santurrona-.

Y el estado de ánimo... Quizá sea el factor que más quebraderos de cabeza ocasione a los profesionales. Quien más quien menos tiene algún problemilla del estado de ánimo, especialmente a ciertas edades. Y en el caso de una depresión consolidada, ¿qué aparece primero, el huevo o la gallina? La paciente con depresión de inicio tardío (o sea, siendo ya bastante mayor) sufre como secuelas un importante deterioro cognitivo -puede ser que sí- o la paciente con demencia especialmente al principio puede cursarla con depresión -puede ser que sí también-. Es tan confuso todo que los neurólogos durante bastante tiempo acuñaron el nombre de pseudodemencia para las depresiones tardías con efectos sobre el estado cognitivo. Pero esta clasificación está cayendo en desuso, quizá porque no aporta más transparencia al asunto.

De modo que una persona que padece de demencia tiene una serie de síntomas asociados bastante extensos y variopintos, y posiblemente aún haya bastante desinformación en la población como para ayudar a identificar los casos de demencia de forma precoz. Y una importante asignatura pendiente es divulgar más y mejor estos síntomas para que aquellos con familiares mayores (o sea casi "todo quisqui") puedan alertar de los cambios sospechosos o promover que la persona que lo necesite acuda a las visitas médicas y psicológicas cuanto antes mejor.









sábado, 2 de abril de 2016

Controles en el cáncer: la enfermedad de la incertidumbre

Cuando has padecido un cáncer y te sometes a los controles rutinarios, es difícil no volverse a plantear las dudas acerca de la enfermedad, las posibilidades de recaída, los duros tratamientos, el miedo a morir...

Puedo hablar sobre este tema, desafortunadamente, en primera persona. Hace dos años por estas fechas me diagnosticaron un cáncer de mama. Cada caso es un mundo, pero mi caso se convirtió en casi diría yo todo mi mundo. No podía pensar en otra cosa, es decir, pensaba en todo lo relacionado con la enfermedad: cuál es el diagnóstico, cuál es el pronóstico, cómo serán los tratamientos, cómo afectará a mis hijos, a mi familia, a mí..., ¿cuánto voy a vivir?

En aquel momento experimenté una pesadilla de la cual no conseguía despertar. Empezaba un nuevo día, me levantaba de buen humor, quizá, y de inmediato hacía una mueca y me decía a mí misma: "esto sigue aquí, sigo viviendo la misma pesadilla". Bueno, poco a poco me fui acostumbrando a la idea, pasé por ratos o días de ira, de angustia, de miedo... -sí, también de negociación (pedía poder vivir hasta que mis hijos fueran mayores, quince años, no, eso es poco, dieciocho... ¿a qué edad acaso importa menos que se muera una madre?)-. Recuerdo que un día, hablando con mi tío en la cafetería del hospital, le comenté que veía la enfermedad como otro embarazo. Me miró perplejo. Me dijo que los embarazos por muy duros que fueran (náuseas, dolores de espalda...) no podían compararse a esto, y que además representaban la vida y el cáncer representaba... Le interrumpí: "La vida, también; si logro salir de este túnel, de este año largo de tratamientos, lo que me espera es la vida, no hay mejor recompensa". Sonreímos los dos.

Mi pronóstico no era fácil, mi tipo de tumor, el grado de infiltración..., todo hacía que nos moviéramos en aguas movedizas, en la más profunda incertidumbre de lo que podía llegar a pasar conmigo. Yo preguntaba "¿puedo ser de aquellas personas que están tan a la derecha de la curva de la campana de Gauss?", quería saber si pese a las dificultades estadísticas -lo peor tal vez sea leer estadísticas, porque ningún número realmente te identifica, tú puedes situarte en cualquiera de los posibles puntos de las gráficas...- ¿podía curarme? Recibí diferentes respuestas de los profesionales. Desde que no era posible hasta que sí lo era, pero esto último me lo dijeron con la boca chica.

Accedí, en un hospital público, al mejor tratamiento posible para mi caso según los últimos estudios, bla, bla, bla... Y conseguí estar, desde un punto de vista estadístico, en la puntita más hacia la derecha posible de la curva... Nadie puede hablar de curación oficialmente, pero no hay evidencia empírica, en mi organismo, de ningún cáncer. No hay rastros de él. Así que estoy limpia.

Limpia, de momento... Esta semana me he hecho los estudios de control, que ha de ver mi dulce y admirada oncóloga, y hasta que ella me mire a los ojos y me diga que todo va bien no puedo saber "a ciencia cierta" que todo va bien. Ella y yo nos comunicamos de un modo muy especial a través de las miradas, y es difícil que se me escape la impresión cuando ella está preocupada. De modo que en los primeros instantes de la visita ya se resuelve lo fundamental: sigo limpia o...

Yo creo que sí, casi siempre creo que sí, y posiblemente mi actitud haya contribuido en los excelentes resultados. Me gusta pensar que algo he podido participar, por aquello de no perder totalmente el control. Sin embargo, el cáncer va de eso: de recordarte que la vida está llena de circunstancias que escapan a tu control y que lo único que puedes hacer, quizá, sea saber o aprender a afrontar las adversidades de la vida. Parece un buen consejo y, aun así, es un mega reto. Y los desafíos se presentan continuamente y en diferentes situaciones. Y a mí cada vez que tengo los controles oncológicos me vuelve a pasar factura mi primera experiencia con la enfermedad. Pero la herida no duele igual, ahora puedo escribir sobre el tema, hablar sin tener ganas de llorar, intentar ayudar a otras personas que se enfrentan a algo similar. Puede que esté "ganando la batalla". Puede que esté recuperando mi esencia, quién era antes del diagnóstico de cáncer de mama.

Y, dentro de lo malo, lo bueno de haber pasado por ello es que sé que puedo afrontarlo. Si tengo una recaída, podré alistarme para ganar otra batalla más. Eso sí, como soy una persona pacífica -si no le preguntáis a mi marido-, prefiero el amor antes que la guerra y prefiero no tener que batallar, así que espero unos buenos resultados y poder seguir con mis rutinas de mujer, madre, psicóloga, con los retos del día a día preferiblemente más lightssss.