viernes, 23 de marzo de 2012

Introspección: por qué lo habré hecho...

No hacer en general lo que los demás quieren que uno haga si uno no quiere hacerlo...

Cada vez está más de moda la asertividad -ya definí este concepto y lo comenté superficialmente en una publicación del 30 de diciembre titulada «Donde dije "digo", digo "sí"» (http://www.psicologiadecafe.com/2011/12/donde-digo-digo-digo-si.html) -. 

Lo cierto es que en general las personas queremos ser coherentes con nuestros deseos y nuestras intenciones, y no dejarnos manipular por el entorno. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre que, sin saber muy bien cómo, acabamos "doblegándonos" y haciendo lo que los demás quieren que hagamos aun sin tener ganas de hacerlo. Esto a veces sucede porque valoramos las ventajas y desventajas de nuestros actos y decidimos ceder, ya sea para un bien común, para complacer al otro, para quedar bien... 

El problema radica en la disonancia: en sentirse mal por haber actuado de una manera determinada cuando se quería actuar de otra. Y es en ese contexto donde cobra importancia la asertividad, donde es importante conocer las técnicas y mostrarse hábil en la comunicación para de algún modo protegerse y ser fiel a los propios designios.

Un buen ejercicio consiste en ahondar en nuestra historia personal y buscar ejemplos de situaciones en las que no se ha querido hacer algo pero se terminó haciendo, y esto desencadenó cierta frustración. Es interesante detectar estas anécdotas, incluso si no parecen casos graves, y reformularlas teniendo en cuenta lo que uno quería que pasara.

Así, siguiendo dicha línea introspectiva, podríamos citar el siguiente conflicto de intereses:

  • Un viejo amigo, con el que había perdido el contacto, organizaba una reunión para celebrar su cumpleaños. Yo no quería ir. Pero él me invitó y parecía ilusionado con mi asistencia.
  • ¿Qué ocurrió? Acudí a una fiesta de cumpleaños sin que me apeteciera en absoluto; incidió en mi respuesta, por un lado, que se trataba de un amigo de hacía muchos años, al que apreciaba, si bien ya no teníamos mucho en común (ni gustos ni intereses) y, por otro, el hecho de saber que la mayoría de sus invitados no irían.
  • ¿Qué podría haber ocurrido? Podría haberle explicado con tacto que no me hacía gracia la reunión (que ya no habría amigos de los dos, que no tenía ánimos de celebración...) y haberle propuesto una alternativa, como vernos en otro momento. 


Se trata, lógicamente, de un ejemplo sencillo y que no representaría un gran problema para nadie; es decir, aun en el caso de asistir sin demasiada motivación, sólo se trataría de una horas y el asunto quedaría liquidado. Pero en la vida se van acumulando situaciones embarazosas en las que uno se siente como un extraterreste ("¿qué hago yo aquí?") y tal vez no vale la pena pasar por ellas. Quizá sí que en circunstancias especiales se decide ceder y hacer feliz a otra persona, pero esto no debería ser así en la totalidad o casi totalidad de ocasiones. Tendrían que primar las situaciones que nos complacen a nosotros mismos porque, si uno realiza este ejercicio introspectivo, y la lista de casos en los que se ha actuado sin ganas es muy extensa, probablemente tenga problemas para decir que no, para ser coherente con sus sentimientos y deseos, etc. Y eso sería poco asertivo, pero, lo que es peor: seguramente perjudicial para el autoconcepto y el propio estado de ánimo.
























miércoles, 7 de marzo de 2012

Cuanta más crisis y más vulnerabilidad social, más necesidad de atención psicológica


Mucha gente acude a su médico de cabecera y se lleva en el bolso o en el bolsillo, tras unos minutos de visita al doctor, una receta para psicofármacos.

Ayer antes de dormir leí un artículo sobre el diagnóstico y tratamiento de la depresión en Atención Primaria. Y corroboré la impresión que ya tenía sobre este asunto. Hay mucha gente que acude a su médico de cabecera y se lleva en el bolso o en el bolsillo una receta para psicofármacos, especialmente para paliar la ansiedad o la depresión en sus múltiples expresiones y posibilidades. El problema radica en que precisamente hay variedad de sintomatología, y de abordajes terapéuticos, y que los médicos de cabecera ni cuentan con el tiempo ni la formación adecuada, en la mayoría de casos, que requiere la complejidad de la situación vital de cada paciente. De modo que tienen lugar muchos falsos positivos y negativos, es decir, que personas decaídas se medican “de más” y otras personas con una patología depresiva real no quedan bien encaminadas ni en la medicación ni, sobre todo, en la intervención psicológica, puesto que se realizan comparativamente muy pocas, poquísimas, derivaciones a psicología.

Yo lo considero una pena, puesto que este bucle de desinformación y mala praxis repercute directamente en la calidad de vida de un gran número de personas (pacientes y familiares, compañeros de trabajo, etc). Con frecuencia la consecuencia es que los pacientes empeoran y se ven truncadas sus vidas (relaciones de pareja, conflictos laborales…).

Tal vez habría que aumentar el conocimiento de los profesionales de la salud que atienden a las personas que refieren este tipo de quejas. Y también deberían mejorarse las formas de preguntar, no sólo en la entrevista, tan reducida en tiempo, como en los test o cuestionarios –hay algunos instrumentos de medida de aplicación muy resumida y de importante valor diagnóstico-. Si bien lo ideal sería que se derivaran todos los casos presumiblemente de psiquiatría / psicología a los especialistas, o sea, a los psiquiatras y psicólogos -no únicamente a los psiquiatras, porque entonces solucionaríamos este error a medias-.

Sin embargo, tan inmersos como estamos en la fatídica crisis financiera y social –porque entre los recortes y la falta de empleo este conflicto es cada vez más social por encima de la economía-, reivindicar esto es como ir a la revisión de un examen académico con un 2,5 y suplicar un aprobado. Pero con la excusa de que no es buena época, la verdad es que nunca acaba siendo buen momento para pedir nada institucional en términos de mejorar la atención psicológica en el sistema público, así que yo voy a ser como los ecologistas que abogan por la no extinción de especies protegidas, o no protegidas, en peligro de desaparecer o de que se empeore su calidad de vida, y voy a seguir insistiendo en las necesidades sociales, especialmente en las que están relacionadas con la psicología, para no perder la costumbre y para seguir sintiéndome cómoda con mi ideología y mi manera de ver el mundo –o de pensar, proyectar, el mundo-. Además, cuanta más crisis y más vulnerabilidad social, más necesidad de tener acceso a atención psicológica.