martes, 25 de octubre de 2016

El futuro de la gerontología: hacernos vivir 1000 años


 


El científico, gerontólogo (informático, ingeniero y biólogo), Aubrey de Grey nos anima a mantenernos sanos unos años más, quizá 20... Es para cuando espera que la esperanza de vida humana haya alcanzado la ventolera de 1000 años; y a él, basandose en términos estadísticos, le parece una cifra conservadora.

La idea es eliminar el envejecimiento. Dice que el cuerpo humano, como máquina que es, se puede reparar. Pero siempre es mejor actuar sobre un cuerpo sano, es decir, trabajar con medios preventivos, que con un cuerpo ya deteriorado. 

En una entrevista al diario El País también nos habla de cómo podrá vivir este hombre/esta mujer del futuro, por ejemplo comiendo carne artificial producida con células madres -todo un avance para los derechos del reino animal en su conjunto-. Me imagino a unos niños en la escuela, "leyendo" una lección de historia o de medio ambiente en la que se explica que los seres humanos pasaron de la caza y la recolección a la reproducción masiva de animales para el consumo, que podían obtenerse luego en tiendas especializadas en alimentos de origen animal y/o vegetal. "¡Qué incivilizados que eran nuestros antepasados! ¡Qué bestias!, y no hace tanto tiempo..."

El asunto de conseguir que las células se sigan reproduciendo bien y los organismos se mantengan jóvenes se me antoja de ciencia ficción, pero me parece lógico pensar que la ciencia vaya hacia ello -le interesa a mucha gente, supongo-, y pueda conseguirlo, o al menos parcialmente. Ya nos ponemos cremas anti-age, cuidamos el colesterol, mantenemos la mente activa... Sin embargo, éstas son medidas beneficiosas pero que en palabras de Aubrey de Grey no aumentan sigificativamente la esperanza de vida. Introducirnos unas bacterias que se dediquen a eliminar desechos en nuestro organismo, por ejemplo, sí marcaría la diferencia.

Si vamos a vivir más -mi hijo de 5 años se pondrá muy contento, pues reiteradamente pregunta sobre la muerte, cuándo nos vamos a morir, cuánto tiempo podrá vivir tranquilamente con su familia y amigos...-, espero que no sea embarcados en un programa incómodísimo de pruebas y procedimientos médicos -aunque muchas personas firmarían ahora mismo por el elixir de la buena juventud, cueste lo que cueste-.

Otro tema será lidiar con el aburrimiento. Si ya se aburren de vivir tantas personas de edad avanzada, podríamos preveer que el hartazgo pueda verse incrementado. El gerontólogo se avanza indicando que es un problema de educación y de dotar a las personas de habilidades para disfrutar de la vida. ¡Qué bien! Más trabajo para los/as psicólogos/as.

En el siguiente enlace podéis leer la entrevista:

martes, 11 de octubre de 2016

Nou post a La Torre: Aprendre a dir no

Nou post a La Torre: Aprendre a dir no




                    /http://www.latorredebarcelona.com/aprendre-dir-no/

La exigencia, ¿un bien preciado?


Ser exigente con uno/a mismo/a y con los demás es bueno… pero en su justa medida. El conformismo, la resignación en cualquier caso, es lógicamente malo. Pero exigirse siempre el 100% es tener una idea distorsionada de la vida y de uno mismo. Porque no existe ese 100 %. Tarde o temprano te equivocarás, a alguien algo de ti o que has hecho no le gustará…

Buscar el 100%: el mayor error
Por ejemplo, si te presentas al examen de conducir puedes fallar, ¿cuánto, hasta 3 o 4 veces…? ¿Y pretendes no fallar nunca en otros aspectos de tu vida? ¿Como hijo/a, como madre/padre, como cuidador/a, como profesional, como consumidor/a…? ¿Te exiges a ti mismo/a más de lo que se exige en las oposiciones más rigurosas?
Esto en parte ocurre porque nos formamos una idea estandarizada (basada en estereotipos de belleza, productividad, agilidad, etc.) de cómo debemos ser. Qué se esperaría de una persona exitosa en todos los sentidos. Ése sería nuestro Yo ideal. Cuántas más discrepancias haya entre ese Yo ideal y lo que somos, el Yo real, peor autoconcepto tendremos y peor autoestima.
Sería muy beneficioso reformular nuestro Yo ideal, a un Yo realista, y acercarnos poco a poco, con senos y valles, con errores, con tanteos, a ese Yo revisado, aproximándonos desde nuestro Yo real o actual.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Sobre el riesgo de abuso sexual en la infancia

Como mujer, como psicóloga y como madre... no puedo evitar tener muy presente el riesgo potencial en la infancia de sufrir abuso sexual.

Siempre ha sido un tema que me ha preocupado mucho y, como decía, el hecho de tener que estar más alerta por mis propios hijos hace que conviva con el temor de que algo malo pueda pasar. (No sólo en este ámbito, pues el miedo de que tus hijos puedan sufrir o que algo malo les ocurra es inevitable y afecta a todas las posibles facetas de sus vidas. Aun así, la idea es mantenerse consciente pero no paranoica... En fin, cada padre o madre hace lo que puede...)

En el libro de la doctora en psicología Maribel Martínez, «Abusos sexuales en niños y adolescentes», se recoge que el abuso sexual infantil puede llegar a afectar a entre un 15 y 20% de la población, especialmente del sexo femenino, y a pesar de ser un «problema social importante» suele mantenerse en secreto, ya que apenas se conoce un 2% de los casos.

Las cifras son muy impactantes. Sería como decir que en una clase de 26 niños, en el caso hipotético de que cursaran toda la vida escolar juntos, al menos 3-4 niños serían víctimas de abusos sexuales. Si pienso en estos términos y visualizo la clase de p5 de mi hijo mayor me dan escalofríos... Incluso más difícil para mi cerebro es llevar a cabo el mismo ejercicio mental con la recientemente formada clase de p3 de mi hijo menor -¿no son casi bebés?-.

Dentro de la definición de abuso sexual se incluiría todo tipo de coerción, por parte de un adulto o un niño mayor, que obligue a un niño, o niña, a realizar o permitir cualquier tipo de actividad sexual.  

La definición es muy amplia y deja de ser tan útil, por ejemplo, cuando la diferencia de edad entre los niños no es tan acusada, si existen diferencias culturales e incluso en el caso de los matrimonios de conveniencia que amparan las relaciones sexuales con menores...

Otro asunto complicado es cuando la persona que ha sufrido abusos se siente culpable e incluso siente que ha incitado o provocado el acto sexual. Hay quien se "autoconvence" de que consentía y de que quizá tenía una sexualidad muy activa desde edades tempranas... Vaya, todos tenemos una sexualidad visible y activa desde edades muy tempranas (o desde siempre). Freud ayudó a apartar un poco el velo al asunto describiendo las etapas de la sexualidad infantil. Pero, salvando las diferencias culturales -cómo se pueda, si es que se puede-, es prioritario y urgente mejorar la seguridad de los pequeños y las pequeñas y reducir o eliminar esas cifras tan escalofriantes.

Cada caso de abuso requiere un abordaje exclusivo y el objetivo será que se detenga el abuso y se ayude al menor para poder llevar una vida digna y superar el trauma o la mala experiencia... En ocasiones la intervención ocurre mucho tiempo después, incluso en la edad adulta.

Lamentablemente, las personas que han sido víctima de abuso sexual pueden presentar muchos problemas emocionales, de comportamiento, de personalidad... Y algunas no conseguirán curar las heridas. Otras sí, aun habiendo sido víctimas de una violencia sexual brutal y habiendo desarrollado problemas graves de apego y de ira, hasta conductas psicopáticas. Así, el apoyo familiar y la intervención psicológica adecuada pueden mejorar e incluso revertir la situación en casos realmente serios. 

Aquí puede verse un ejemplo de la pequeña Beth, una niña que inició terapia a los 6 años, tras haber manifestado comportamientos psicópatas como por ejemplo abusar sexualmente y con violencia de su hermano pequeño, realizarse autolesiones, matar a animales... Es la historia de una niña adoptada que había sufrido abusos sexuales graves por parte de su padre biológico a muy temprana edad, antes de los 19 meses que es cuando fue adoptada.

Una niña que pudo pasar página y cultivar la empatía y las relaciones afectivas gracias a una interveción integral.

Aquí se puede ver el caso:


Estas historias de superación permiten que tengamos esperanza en la resolución de los problemas por parte de los niños y las niñas víctimas de abusos, pero no deberíamos bajar la guardia y ante todo deberíamos promover relaciones más sanas con los menores y en ambientes seguros.



miércoles, 11 de mayo de 2016

Underparenting? ¿Essooo qué es...?


Acabo de leer una entrevista a la periodista Eva Millet que, a partir de haber sido madre, se ha especializado en temas de educación y crianza; labor que ha derivado en la autoría del libro Hiperpaternidad.

Como suele ser habitual cuando lees un artículo "de opinión", puedes estar de acuerdo con parte de su contenido y, con otra parte, no. En este caso, y al no haber leído el libro que promociona, puedo tener una idea sesgada de sus opiniones; si bien me imagino que la periodista habrá editado su entrevista y coincidirá en gran medida con lo que allí se explica. Así, me tomaré el atrevimiento de comentar algunas de sus máximas, porque a mí al menos me chirrían, la verdad.

1. Dice que hemos pasado de tener "hijos mueble" a "hijos altar", a los cuales veneramos. Que por influencia de los estadounidenses de clases privilegiadas aplicamos una sobreprotección a los hijos que se han convertido en el centro de las familias. Y añade que está bien que sean superespeciales para ti pero que no lo son para todo el mundo y han de aprender esta diferencia.

Bueno, coincido con ella en que los estilos de crianza han evolucionado, y que la manera autoritaria en la que los niños no podían opinan ni incidir en sus propias vidas ha quedado obsoleta. Ya no casamos a los hijos y las hijas en edad de procrear -al menos en nuestra sociedad-, ni decidimos, en general, lo que estudiarán profesionalmente... A mí eso me parece positivo. Todo ello me lo parece. 

Que estén en un altar... A mí también me parece positivo. No hay nada más importante en mi vida que mis hijos, así de claro. Que no son superespeciales para el resto de la gente es de perogrullo. Creo que los niños "chocan" con esa realidad continuamente y la aprehenden a pasos agigantados. No solo en casa si tienen hermanos (la media de hijos por familia es 1,3; pero en muchas casas los peques han de compartir con hermanos, con primos, con amigos... Y es buena idea seguramente que los padres promuevan estas interacciones sobre todo si son hijos únicos). Cuando ingresan en la guardería se encuentran con las difíciles ratios en las que los bebés han de posponer sus necesidades con demasiada frecuencia. Luego en p3..., en primaria..., cada vez la atención personalizada es menor. Y están en el cole un puñado de horas, así que alguna influencia tendrá esto en su educación.

Además, en el parque han de compartir mobiliario y según cómo juguetes, muchas veces al año es el cumpleaños de otra persona, otro niño, que es especial y recibe regalos y atenciones... Con frecuencia quieren querdarse en casa pero han de ir al cole de todos modos. No pueden elegir. En el comedor comen sin duda lo que les toca. Tampoco pueden elegir. En casa habitualmente ocurre igual.

De modo que tienen continuos recordatorios de que viven en sociedad y de que son parte de un universo, no el universo. Pero el egocentrismo infantil existe -y el adulto ya ni digamos...-, y según los teóricos del tema eso es bueno. Ayuda a formar un buen autoconcepto lo que redundará en una fuerte y consolidada autoestima.

Que los niños crean que son especiales en su entorno lo encuentro sano y constructivo. Obviamente teniendo algo de sentido común -que es el peor de los sentidos y en el que menos nos pondremos de acuerdo-.

Y si para Eva Millet es malo "sobreproteger" a los niños, sería algo así como malcriarlos y no permitirles desarrollarse, para mí sobreproteger no es malo, prefiero proteger a mis hijos siempre: no en el parque sí pero en el chiqui park no... Aunque coincido con ella en que hay que darles un margen para hacer las cosas con autonomía, para enfrentarse a los problemas y buscar soluciones, eso sí, en mi caso, opino que con el paraguas del cuidado de sus mayores. "Si puedo y lo necesitas, te ayudo."

2. Habla de la competencia de los "hiperpadres" que quieren tener el mejor coche, los mejores dientes, el mejor niño... 

Aquí no puedo criticar su forma de pensar porque coincido con ella en que las personas compiten por el deseo de cumplir estereotipos y a veces pueden instrumentalizar a los hijos para seguir esa carrera hacia el éxito. ¿Y qué pasa si tu hijo/a tiene un ritmo de desarrollo más "lento"?, ¿y si necesita algún tipo de ayuda o tiene diversidad funcional?, ¿y qué pasa si un bebé no duerme bien por las noches -esto a mí personalmente me martirizaba; al parecer los niños de los demás dormían de un tirón, el problema eran los míos...-?

En cuanto a esto, también comenta la tendencia a obligar a los niños a crecer demasiado rápido y hacerlo todo solos... Si he entendido bien, opino como ella. Está bien dejar a los niños buscar estrategias para resolver los problemas y también está bien ayudarlos y no instigarles a aprender apresuradamente.

Que estamos inmersos en una vorágine de estímulos y parece de juzgado de guardia quedarte un fin de semana en casa... En ocasiones he sentido esa presión.

3. Los hiperpadres intervienen mucho en la escuela.

Estoy de acuerdo en que algunos padres parece "que hayan vuelto a la escuela" y según me he enterado a veces llevan sincronizada la agenda de sus hijos con la suya. Bueno, yo me apunto los días de fiesta o de excursión por la cuenta que me trae. Si me olvido, mal vamos... Pero cuando puedan tener su propia agenda, por edad, espero dejarles cierta libertad.

Pero no coincido en que los padres no deberían escoger escuela, sino que los niños habrían de ir a la que tuvieran más cerca en el barrio. Está claro que la cercanía es un factor importante, pero hay muchas otras variables en juego y, dado que las escuelas no son homogéneas entre sí, que los padres averigüen y elijan -y si tienen buena suerte, luego obtengan una plaza- lo considero altamente recomendable.

No entiendo por qué va a ser un problema. La gente suele destinar tiempo a la búsqueda de un coche nuevo, una moto, unas vacaciones... ¿y no le puede dedicar unos días y unas cuantas horas a la elección de la escuela?

Hace poco leí que corríamos el peligro de segregar las escuelas, porque hay algunas más pedidas que otras. Pero esto no es culpa de los padres que se informan y quieren acceder a una educación determinada, sino a las diferencias notorias entre escuelas y a los problemas de plaza. Quizá esta segregación depende más de la Administración que de la elección de los padres. Si se destinan más fondos a las escuelas que por alguna razón tienen peor fama, y se mejoran en diferentes aspectos, seguramente ya no serían denostadas.

Y en cuanto al estilo educativo, tal vez explicando mejor a los padres la metodología de cada escuela, y siendo más permeables a los cambios en la sociedad, no habría tanta diferencia. De todos modos, a veces cuando "lees la letra pequeña" en muchas cuestiones no son tan diferentes unas escuelas de otras.

4. Estamos criando ñiños L'Óreal, "porque yo lo valgo". 

Prefiero que mis hijos se sientan con derecho a evolucionar, a mejorar, a acceder a lo que les guste, y no que vivan resignados. No me canso de demostrarles lo que valen. Y también les recuerdo que todas las personas tienen muchos talentos y mucho potencial.

5. Propone el underparenting o sana desatención de los hijos. 

Entiendo que a Eva Millet le debe de gustar poner de moda un término que suena tan bien en inglés. Creo que en general se usa el término underparenting como un efecto no deseado de la vida ocupada de los padres, y que se tiene que procurar evitar.

(Aquí un ejemplo: Underparenting)

Para mí "sana" y "desatención" son dos palabras que no combinan muy bien, que no se ensamblan. 

Me parece que es una expresión peligrosa, que puede llevar a la idea de que no hace falta dedicarse tanto a los hijos. Esto concuerda muy bien con tener gloriosas profesiones que nos ocupan gran parte del tiempo y de la energía y dejan poco margen para la educación de los hijos. Y así el underparenting parece una opción cómoda y novedosa, que además resulta beneficiosa para los niños. Lo tiene todo. Todo, excepto el amor incondicional por los niños, el tiempo de calidad (y también la cantidad) con ellos... Dependerá de la interpretación de cada uno, no digo que sea la idea de la autora del libro, pero desde luego da pie a una readaptación de la crianza en pos de mayor autonomía... para los padres.

6. Que la familia no es una institución democrática, sino una jerarquía. Los padres arriba y los niños abajo.

Me parece un modelo anticuado, vetusto. Y pone ejemplos como "¿quieres el Dalsy?". Vale, ya sé que he de dárselo si lo necesita. Pero me he dado cuenta de que el asunto va más sobre ruedas, a partir de cierta edad cercana a los tres años, si les preguntas si están preparados, si les avisas que ahora toca el Dalsy o ponerse un gorro, etc. 

Tampoco me parece exagerado que puedan escoger qué comer, al menos de vez en cuando. Y que haya alimentos que no les guste y que no les obligue a comérselos. 

Queremos hijos "autónomos e independientes" pero que en casa no rechisten y hagan "todo lo que les decimos". Me chirría de igual modo que el vocablo underparenting.

Creo que buscamos teorías psicológicas o educativas que justifiquen nuestro ritmo de vida y nuestras preferencias. Y todo ha de caber en el molde de la 
"hiperproductividad" -la cual creo de todos modos que Eva Millet rechazaría, tal y como se desprende del artículo "Cuando 24 horas no bastan" que ella misma publicó anteriormente en La Vanguardia-. En cualquier caso, la hiperproductividad me parece más enemiga de los niños que la "hiperpaternidad". Aunque, como en casi todo, los extremos no suelen ser la opción ideal.

Aquí os dejo el artículo de la periodista: 
























martes, 12 de abril de 2016

Otras caras de la demencia

Los cambios de personalidad abruptos, el inicio de comportamientos extravagantes, la pérdida clara de memoria, incluso la depresión... son signos y síntomas de un deterioro cognitivo importante, significativo, propio de un proceso demencial o de un daño cerebral.

Una persona adulta, no necesariamente anciana, que de repente empieza a "hacer cosas raras" (responder de forma hostil o grosera, amenazar y posiblemente usar la violencia, acusar a familiares y conocidos de haberle robado o agredido, pasar largo rato sentada sin hacer nada en la más absoluta indiferencia, deambular, mirar con los ojos desorbitados y preguntar cuestiones evidentes -por estar desorientada-, sentirse especialmente triste...) probablemente tenga un daño cerebral acusado que le esté ocasionando una demencia. En ocasiones, este comportamiento puede deberse a un daño cerebral causado por un accidente vascular, un traumatismo craneal, una infección como por ejemplo un virus herpético... Pero comúnmente se debe a que la persona está demostrando de lleno que lleva tiempo gestando una enfermedad demencial. Ya sea Alzheimer, Parkinson, por cuerpos de Lewy, etc.

Es conocida la relación entre falta de memoria y demencia, así que cuando encontramos a una persona que parece no recordar casi nada nuevo, no reconoce a la mayoría de las personas que debería reconocer, repite varias veces lo mismo sin ser consciente de que lo está repitiendo, concordamos que esa persona está demenciada. Vamos, que chochea... Aunque a alguna gente que los mayores chocheen le parece normal, así que, o bien chochear no es siempre sinónimo de deterioro cognitivo significativo, o bien hay cierta tendencia a enmascarar la demencia restando importancia a los síntomas y tranquilizándonos diciendo que tal o cual chochea en vez de afrontar el problema sin dilación.

En cualquier caso, el déficit mnésico nos conduce inevitablemente a pensar en Alzheimer y otros apellidos honoríficos del mundo de la neurología. Pero las demencias pueden debutar con otros síntomas más extravagantes, o más confusos, que al final conducen al mismo camino, a la Roma del desvarío.

Por ejemplo, podemos tener un familiar que de un día para otro "se vuelve loco" y amenaza a su mujer con ahorcarla, porque ha descubierto que le pone los cuernos con... quién sabe, quizá el vecino, o un sobrino..., o que echa a la mujer que lo cuida porque la acusa de haber robado ciertas insólitas pertenencias... El abanico de insensateces es muy amplio, si bien este tipo de delirios suele estar relacionado con el robo, el hurto, las infidelidades, los engaños en general.

Sobre el engaño, recuerdo que en la primera residencia geriátrica donde trabajé había una señora -cómo no, evidentemente no era la única- sin lugar a dudas demenciada. Creo que no poseía un estatus con nombre y apellido sobre su enfermedad, es decir, que no estaba diagnosticada correctamente y su ficha médica contenía unas líneas explicativas bajo la etiqueta de "demencia senil". El caso es que resultaba difícil aproximarse a ella sin recibir insultos y si estabas falta de reflejos algún manotazo. Fui advertida de ello, por lo que me acercaba a la señora manteniendo cierta distancia. Intenté hacerle unas preguntas para poder evaluar su estado cognitivo. Y ella me respondía casi todo con otras preguntas. Y entonces me inquirió: "¿Con quién vives?". Yo le respondí, alegremente: "Con mi marido" y volví a las preguntas pautadas. A aquella mujer se le desfiguró la cara, me soltó una serie de improperios que prefiero no repetir en este blog, y me acusó de mentirosa. Con mi inexperiencia como bagaje no daba crédito a ese giro tan despiadado en la conversación y quise reconducir la situación lo más rápido posible: "Claro que no la engaño, ¿por qué dice eso?, le he respondido con la verdad, ahora sigamos...". "Te crees que soy imbécil, eres una impostora. No llevas anillo y quieres que me crea que estás casada."

Tardé días en poder retomar la entrevista con la señora en cuestión, y en parte se debió a que poco a poco olvidó lo sucedido y una tarde se dirigió a mí como si yo fuera una persona completamente nueva. ¡Sin rencores!

Volviendo al hilo de lo extravagante, las alucinaciones pueden asimismo ser las protagonistas de este desparpajo. Así podemos encontrarnos a la familiar que cree que está acompañada cuando claramente no lo está -entendiendo que no creemos en la existencia de fantasmas-, o la que dice que ha pasado la noche con cuatro bomberos los cuales se han quedado a dormir en su cama. Lo de los bomberos me lo he inventado, pero lo de que eran cuatro tíos metidos en su cama sí que me lo dijo una paciente -que por cierto antes de padecer demencia era muy santurrona-.

Y el estado de ánimo... Quizá sea el factor que más quebraderos de cabeza ocasione a los profesionales. Quien más quien menos tiene algún problemilla del estado de ánimo, especialmente a ciertas edades. Y en el caso de una depresión consolidada, ¿qué aparece primero, el huevo o la gallina? La paciente con depresión de inicio tardío (o sea, siendo ya bastante mayor) sufre como secuelas un importante deterioro cognitivo -puede ser que sí- o la paciente con demencia especialmente al principio puede cursarla con depresión -puede ser que sí también-. Es tan confuso todo que los neurólogos durante bastante tiempo acuñaron el nombre de pseudodemencia para las depresiones tardías con efectos sobre el estado cognitivo. Pero esta clasificación está cayendo en desuso, quizá porque no aporta más transparencia al asunto.

De modo que una persona que padece de demencia tiene una serie de síntomas asociados bastante extensos y variopintos, y posiblemente aún haya bastante desinformación en la población como para ayudar a identificar los casos de demencia de forma precoz. Y una importante asignatura pendiente es divulgar más y mejor estos síntomas para que aquellos con familiares mayores (o sea casi "todo quisqui") puedan alertar de los cambios sospechosos o promover que la persona que lo necesite acuda a las visitas médicas y psicológicas cuanto antes mejor.









sábado, 2 de abril de 2016

Controles en el cáncer: la enfermedad de la incertidumbre

Cuando has padecido un cáncer y te sometes a los controles rutinarios, es difícil no volverse a plantear las dudas acerca de la enfermedad, las posibilidades de recaída, los duros tratamientos, el miedo a morir...

Puedo hablar sobre este tema, desafortunadamente, en primera persona. Hace dos años por estas fechas me diagnosticaron un cáncer de mama. Cada caso es un mundo, pero mi caso se convirtió en casi diría yo todo mi mundo. No podía pensar en otra cosa, es decir, pensaba en todo lo relacionado con la enfermedad: cuál es el diagnóstico, cuál es el pronóstico, cómo serán los tratamientos, cómo afectará a mis hijos, a mi familia, a mí..., ¿cuánto voy a vivir?

En aquel momento experimenté una pesadilla de la cual no conseguía despertar. Empezaba un nuevo día, me levantaba de buen humor, quizá, y de inmediato hacía una mueca y me decía a mí misma: "esto sigue aquí, sigo viviendo la misma pesadilla". Bueno, poco a poco me fui acostumbrando a la idea, pasé por ratos o días de ira, de angustia, de miedo... -sí, también de negociación (pedía poder vivir hasta que mis hijos fueran mayores, quince años, no, eso es poco, dieciocho... ¿a qué edad acaso importa menos que se muera una madre?)-. Recuerdo que un día, hablando con mi tío en la cafetería del hospital, le comenté que veía la enfermedad como otro embarazo. Me miró perplejo. Me dijo que los embarazos por muy duros que fueran (náuseas, dolores de espalda...) no podían compararse a esto, y que además representaban la vida y el cáncer representaba... Le interrumpí: "La vida, también; si logro salir de este túnel, de este año largo de tratamientos, lo que me espera es la vida, no hay mejor recompensa". Sonreímos los dos.

Mi pronóstico no era fácil, mi tipo de tumor, el grado de infiltración..., todo hacía que nos moviéramos en aguas movedizas, en la más profunda incertidumbre de lo que podía llegar a pasar conmigo. Yo preguntaba "¿puedo ser de aquellas personas que están tan a la derecha de la curva de la campana de Gauss?", quería saber si pese a las dificultades estadísticas -lo peor tal vez sea leer estadísticas, porque ningún número realmente te identifica, tú puedes situarte en cualquiera de los posibles puntos de las gráficas...- ¿podía curarme? Recibí diferentes respuestas de los profesionales. Desde que no era posible hasta que sí lo era, pero esto último me lo dijeron con la boca chica.

Accedí, en un hospital público, al mejor tratamiento posible para mi caso según los últimos estudios, bla, bla, bla... Y conseguí estar, desde un punto de vista estadístico, en la puntita más hacia la derecha posible de la curva... Nadie puede hablar de curación oficialmente, pero no hay evidencia empírica, en mi organismo, de ningún cáncer. No hay rastros de él. Así que estoy limpia.

Limpia, de momento... Esta semana me he hecho los estudios de control, que ha de ver mi dulce y admirada oncóloga, y hasta que ella me mire a los ojos y me diga que todo va bien no puedo saber "a ciencia cierta" que todo va bien. Ella y yo nos comunicamos de un modo muy especial a través de las miradas, y es difícil que se me escape la impresión cuando ella está preocupada. De modo que en los primeros instantes de la visita ya se resuelve lo fundamental: sigo limpia o...

Yo creo que sí, casi siempre creo que sí, y posiblemente mi actitud haya contribuido en los excelentes resultados. Me gusta pensar que algo he podido participar, por aquello de no perder totalmente el control. Sin embargo, el cáncer va de eso: de recordarte que la vida está llena de circunstancias que escapan a tu control y que lo único que puedes hacer, quizá, sea saber o aprender a afrontar las adversidades de la vida. Parece un buen consejo y, aun así, es un mega reto. Y los desafíos se presentan continuamente y en diferentes situaciones. Y a mí cada vez que tengo los controles oncológicos me vuelve a pasar factura mi primera experiencia con la enfermedad. Pero la herida no duele igual, ahora puedo escribir sobre el tema, hablar sin tener ganas de llorar, intentar ayudar a otras personas que se enfrentan a algo similar. Puede que esté "ganando la batalla". Puede que esté recuperando mi esencia, quién era antes del diagnóstico de cáncer de mama.

Y, dentro de lo malo, lo bueno de haber pasado por ello es que sé que puedo afrontarlo. Si tengo una recaída, podré alistarme para ganar otra batalla más. Eso sí, como soy una persona pacífica -si no le preguntáis a mi marido-, prefiero el amor antes que la guerra y prefiero no tener que batallar, así que espero unos buenos resultados y poder seguir con mis rutinas de mujer, madre, psicóloga, con los retos del día a día preferiblemente más lightssss.






miércoles, 2 de marzo de 2016

Estaba la Catalina... ¿con principios de Alzheimer?

Recordando una canción infantil, muy conocida en Argentina, de una señora que lleva años esperando a su marido y, cuando por fin lo encuentra, no lo puede reconocer.

Hace días que me ronda la idea de que esta canción podría desvelar un problema universal y que nos preocupa desde antaño como es el deterioro cognitivo y los procesos demenciales. Y al tratarse de una letra antigua, allí se expresa de una manera coloquial y quizá peyorativa hacia dicha mujer, pues se la tacha de "infeliz" en una versión, y de "pobre" en otra. Imagino que habrá más versiones o pequeñas variaciones puesto que es una canción que se pasa de una generación a otra.

Estoy hablando de la historia de la señora Catalina, que lleva siete años esperando a su marido -quien fue a la guerra de una vez-, y pregunta a un soldado por él. Ella le dice que su marido es alto y rubio y buen mozo o hermoso como él -dejemos de lado el prejuicio enraizado en la cultura latinoamericana de que el bello ha de ser rubio...- y que en la espada lleva escrito San Andŕes -también aparquemos el contenido religioso de la letra...-. El soldado le dice que su marido cayó en la guerra, que está muerto, y que le dijo a él que se casara con ella. Catalina lo rechaza y dice que siete años ha esperado y "otros siete esperaré" -bueno, aun podríamos criticar la forma devota de esperar a su hombre, y el uso de la mujer como objeto por parte del soldado, pues la letra está plagada de un moralismo que a mi edad encuentro bastante infame e incluso me avergüenza un pelín que me gustara tanto la canción en el pasado-. Y añade que a las dos hijas mujeres al convento con ella las llevará -arghhh- y a los dos varones a la patria los dará -más arghhh-. Finalmente, el hombre con el que estaba hablando era su marido y ella no lo supo reconocer.

Claro, el factor tiempo -siete años- podría haber provocado cambios importantes en la apariencia de ambos, y eso podría confundir a la mujer -pero no al hombre, que por supuesto sabe que ella es su esposa-. Sin embargo, el factor tiempo, además, podría haber hecho mella en el cerebro de la amada. No reconocer al cónyuge nos delata posiblemente una agnosia visual, de caras, significativa ya, propia de una persona con un importante deterioro cognitivo.

No podré saber si la letra realmente hacía referencia a la demencia, en su origen, o si la sabiduría popular hablaba de otra cosa -no se me ocurre cuál, aparte de avergonzar a la mujer por no enterarse de nada...-. Y cuando era pequeña y cantaba con mis amigas/os esta canción, nunca llegué a entender bien por qué le pasaba esto a la señora Catalina. Creo recordar a algún adulto diciendo que tal vez ella era muy despistada, o que había pasado mucho tiempo, pero las explicaciones no eran concluyentes para mí. 

Y así fue como el otro día me vino a la mente la cancioncilla y creí comprender que había una seña a la demencia, bastante clara, en el cancionero popular argentino.

Aquí os dejo la letra para quien quiera leer la historieta:
Estaba la Catalina
sentada bajo un laurel
sintiendo la frescura
de las aguas al caer.
De pronto pasó un soldado
y lo hizo detener.
"Deténgase usted, soldado,
que una pregunta le quiero hacer.
¿Usted no ha visto a mi marido
en la guerra de una vez?"
"Yo no he visto a su marido
ni tampoco se quién es."
"Mi marido es alto y rubio
y buen mozo como usted.
Y en la punta de la espada
lleva escrito San Andrés."
"Por los datos que me ha dado
su marido muerto es
y me ha dejado dicho
que me case con usted."
"Eso sí que no lo hago.
Eso sí que no lo haré.
Siete años lo he esperado
y otros siete esperaré.
Si a los catorce ya no vuelve
a un convento yo me iré.
Y a mis dos hijas mujeres
conmigo las llevaré.
Y a mis dos hijos varones
a la patria los daré."
Calla, calla, Catalina.
Calla, calla de una vez.
Que estás hablando con tu marido
y no lo supiste reconocer...
Así termina esta historia
de una pobre mujer
que estaba hablando con su marido
y no lo supo reconocer.  

 laurel arbol

lunes, 1 de febrero de 2016

Bailar bajo la lluvia

Hace año y medio aproximadamente llegó a mis manos -bueno, a mi móvil- una guía para pacientes de un hospital de día oncológico. Allí se podían leer recomendaciones para sobrellevar los efectos tan nocivos de los tratamientos de quimioterapia, así como algunos otros consejos relacionados con esa batalla durísima que libran tantas personas en nuestro planeta.

Los consejos sobre hacerse enjuagues con agua y tomillo, agua y manzanilla, etc. creo que ahora no vienen a cuento. Es solo que esta mañana me resonaba en la cabeza la siguiente frase que acompañaba dicho manual, en forma de aforismo o reflexión de supervivencia: "La vida no se trata de esperar a que pase la tormenta si no de aprender a bailar bajo la lluvia".


En ese momento, cuando la leí en el pdf, pensé que tenían razón. Que yo misma me enfrentaba a una temporada de quimio (cáncer de mama) y que mi vida seguiría y la tendría que seguir disfrutando... En otros momentos pensaba lo contrario: "que todo esto pase rápido, quiero recuperar mi vida...". Y supongo que ambas dicotomías son válidas, son reconciliables incluso. Aún no he encontrado a una persona que prefiera mantenerse en el tratamiento quimioterapéutico por más tiempo, sobre todo cuando lleva varias dosis y nota diferentes clases de malestares... Pero también se extraen cosas positivas de esa época, como -por citar algunas- sentir el apoyo de las personas que te quieren, tener más tiempo para ti, cuidarte más... De modo que un poco se puede bailar bajo la tormenta o tempestad; tampoco digamos que es una simple lluvia.

Es la primera vez que comento en este blog algo sobre el cáncer que me ha tocado vivir, y es con esta frase que he querido hacerlo.


viernes, 22 de enero de 2016

Mi consulta psicológica en Barcelona (La Bonanova)

Hace un tiempo que ya tengo el despacho para atender consultas psicológicas en Barcelona.

Atiendo con cita previa. Se puede llamar al 93 434 07 37.

Está situado en un centro de Odontología, Salud y Bienestar: Aureadent. En la calle Torras i Pujalt, 12, Escalera B, Bajos A (08022) Barcelona.

Si quieres plantearme tus dudas, también puedes enviarme un email a dmstaj@copc.cat

Puedes ver mi perfil profesional en psico.org