viernes, 23 de diciembre de 2011

La navidad me deprime



Se sabe que no todas las personas viven con alegría los días de navidad. Por un lado, puede ser cuestión de ideología: hay quien se opone directamente al espíritu navideño, ya sea por falta de creencia religiosa, por crítica a la sociedad de consumo, por no estar de acuerdo con los patrones universales que encasillan el comportamiento de los individuos, homogeneizando todo… En fin, evidentemente existen muchas causas posibles por las que desmarcarse de la euforia generalizada. Por otro lado, la falta de entusiasmo puede estar relacionada con el propio estado de ánimo. En ocasiones, las fechas señaladas actúan como potenciador de los problemas que uno pueda tener.  

Por ejemplo, el hecho de haber perdido a un ser querido en un día circunscrito a las fiestas empaña de algún modo el ambiente festivo. También ocurre que, aunque el familiar o la persona de apego haya fallecido en una fecha diferente, en esta franja de tiempo que se caracteriza por los encuentros familiares puede echarse de menos con mayor intensidad al difunto (o difunta, claro está).

Otro caso que a veces lleva a sentirse deprimido se relaciona con el recuento de los objetivos cumplidos en el año que está finalizando. El 31 de diciembre la gente se hace un montón de promesas, brinda por los nuevos proyectos (cambiar de empleo, dejar de fumar, pasar más tiempo con los niños…). Y llega el mes de diciembre y toca replantearse los objetivos. No haberlos cumplido puede ser motivo de insatisfacción.

Como variante de lo anterior está el recuerdo de un acontecimiento muy duro, triste o desagradable que se haya vivido durante el año en curso, o incluso en un año anterior pero cerca de estas fechas, como una separación, el cambio de vivienda por razones forzosas, una enfermedad o intervención médica, etc.

Asimismo, la persona solitaria, que no tiene un círculo amplio de amigos, o ha ido perdiendo a la familia principal o la tiene lejos, tal vez en esta ocasión del año se sienta desamparada. Pueden incluirse en este grupo las situaciones de rupturas de parejas o de familiares que han discutido y han “partido peras”. En particular, la gente mayor con frecuencia se siente sola cuando es época de celebrar en familia -debido al grado de aislamiento social de algunos ancianos-. Y los padres recientemente separados han de enfrentar la festividad sin sus hijos, o alternándose las celebraciones con su congénere, lo que en gran medida empeora el estado de ánimo.

Luego, hay personas que tienden a compararse con los modelos publicitarios, y no sólo en cuanto a la belleza física o la posibilidad económica, sino también en referencia a la felicidad. Pareciera que todo el mundo ha de sentirse bien y ser feliz en estos días navideños. Quien no posea los recursos económicos para agasajar con manjares, consentir con regalos, disfrutar con alegría de los seres queridos, quizá considere que está haciendo algo mal, que no cumple con las expectativas de su entorno y de la sociedad, que le ocurre algo malo.


En definitiva, las fechas señaladas, como las de navidad, pueden poner el acento en las carencias que una persona tenga –o sienta que tenga- en ese momento y socavar su autoestima y por consiguiente el estado de ánimo.

Pero los extremos son malos. Si bien los ejemplos citados se consideran relativamente “normales”, en el sentido de que resulta habitual que las personas experimentemos este tipo de sentimientos y reaccionemos de manera similar a las cosas malas que nos suceden y que nos han sucedido, el estilo de afrontamiento de las personas es variopinto y juega un papel esencial en cómo éstas se sienten y sobrellevan las problemas.


Una cuestión de actitud

En cuanto a la pérdida de un ser querido, el recuerdo de esa persona puede estar bañado en lágrimas o puede convertirse poco a poco en un sentimiento de dulce añoranza, calidez, como de “hogar”. En los primeros meses, o un poco más de tiempo, suele ser difícil ver la parte entrañable de la pérdida; no obstante, a medida que pasa el tiempo, esta pena puede ir transformándose en un bello recuerdo, realista de cómo era la persona, pero agradable por el valor afectivo que tenía ese ser amado para quien lo echa de menos. A veces resulta útil rendir homenaje al fallecido, ya sea desde un punto de vista religioso, como desde un plano laico y escéptico ante la muerte. Por ejemplo, se le puede escribir una carta contándole lo que no se le había dicho, describiendo los sentimientos, poniéndole “al corriente” de lo nuevo, etc. Un efecto similar se consigue mediante un paseo a un lugar tranquilo (playa, jardín…) para mantener una “conversación” interna con la persona que ya no está.


Si lo que apena es el recuento de objetivos cumplidos, podría tenerse en cuenta por un lado el grado de exigencia personal. Con frecuencia tendemos a presionarnos en exceso con el afán de acercarnos a un ideal que tenemos de nosotros mismos, que no se ajusta a la realidad y que puede que alcanzarlo no esté del todo en nuestras manos, o que el coste sea demasiado elevado. Conviene analizar lo que uno se ha exigido y valorar en consonancia lo que se ha logrado. Por otro lado, es aconsejable no perder de vista que todos cometemos errores; no tiene por qué ser tonto quien dice tonterías, simplemente ha dicho tonterías. Lo que se ha hecho mal no hace a la persona, sino a la acción en la que se ha actuado de forma inadecuada. Si alguien considera que ha tomado decisiones desafortunadas, que no ha sabido reaccionar a tiempo, etc., no debe juzgarse por ello de manera que afecte a su autoconcepto (a cómo se percibe a sí mismo); tiene la oportunidad de mejorar para una siguiente ocasión, de aprender de los errores, de anhelar una evolución, realista, y teniendo en cuenta que puede volver a equivocarse.  

Parecida es la actitud que habría de tenerse ante un acontecimiento trágico. Si lo que la persona padece es el recuerdo de algo que no estaba bajo su control, es importante que no pierda la circunstancia de vista; si no podía evitarse, lógicamente no había nada que uno pudiera hacer para evitarlo. Eso no debería llevar a nadie a sufrir cada mañana de forma catastrófica por la falta de control del ser humano ante los acontecimientos fortuitos. Podría entenderse como una posibilidad de seguir viviendo y construyendo pese a ese azar que alguna vez puede manifestarse en contra de nuestros intereses. Pero no siempre…

Si en el acontecimiento difícil sí que hay parte de "responsabilidad”, una vez más el ejercicio intelectual que ayuda a entenderlo consiste en analizar el problema y detectar lo que podría haberse efectuado de otro modo, y a continuación no regodearse en lo malo, sino aceptarlo y buscar la manera de hacerlo mejor si se vuelve a presentar la situación. Si consiste en algo que aún es modificable, podría convertirse en uno de los nuevos proyectos para el año nuevo -sin dejarse llevar por un entusiasmo exacerbado que sólo pueda abocar a la frustración-.

Cuando el desánimo está provocado por la soledad, las posibilidades dependen de cada caso. Si por ejemplo se trata de una persona aislada socialmente, sin casi familia y/o amigos, podría recurrir a las ofertas de celebraciones colectivas que organizan fundaciones y asociaciones. La gente mayor tiene un abanico de opciones para pasar las fiestas en compañía. Si se trata de gente joven –en mayor o menor medida-, existen también portales de internet, para hacer amigos, que realizan múltiples tipos de encuentros. Apuntarse a un viaje organizado, con guía y actividades en grupo, es otra manera de pasar unos días entretenido. Quizá el quid de esta cuestión consiste en no dejarse llevar por los estereotipos convencionales, difundidos por los modelos publicitarios, que tácitamente sitúan los festejos en el entorno familiar como si otros modelos de celebraciones no fueran posibles... De todos modos, también puede ser un buen momento para hacer las paces con familiares o amigos. Al fin y al cabo, la vida se disfruta más si se comparte.  

Por último, ser feliz durante estas fechas no está escrito en ninguna ley. Lamentablemente, las personas nos enfrentamos a situaciones dolorosas, padecemos, y a veces no nos sentimos bien. Si esto ocurre ahora, quizá éstas no vayan a ser las navidades más felices de nuestra historia personal, y lo más recomendable sería asumirlo, y a pesar de ello procurar poner de nuestra parte para estar algo mejor.











No hay comentarios:

Publicar un comentario